Antropología de la imagen

Antropología de la imagen

 

Las imágenes han sido objeto de amor, devoción y  destrucción. Adoradas públicamente o en secreto,  destruidas o  temidas  y, en muchas ocasiones, profanadas,  nos proponen un desafío a la hora de ser comprendidas y abordadas desde la antropología. Sin duda las imágenes  están ligadas a la imaginación y la exploración, la fascinación y la vida. Desde la antigüedad, han protagonizado historias fantásticas en las que cobraban vida, hacían milagros o sanaban. En la Metamorfosis, Ovidio narraba el episodio de Pigmalión y su amor por una estatua de marfil que lograba transmutar de piedra a carne. Tanto Platón como Aristóteles habían hecho referencia a la escandalosa existencia de estas estatuas que parecían vivas y de las que se debía desconfiar. La recurrencia de las imágenes animadas denotaba su capacidad de ocupar el espacio a la manera de los seres vivientes. La pintura misma había nacido en ese sentido bajo el signo de la ausencia-presencia en el relato de Plinio. La sombra, incorporaba al espacio de representación el volumen, el relieve y el cuerpo.

Crucifijos que abrazan, santos que se aparecen, deidades que se encarnan, máscaras que nos observan o guardan por siempre el rostro de un ser amado. Las imágenes no solo cobran vida sino que tienen poderes. Sea la sanación o la protección, se presentan en lo cotidiano, en su materialidad. La imagen tiene poderes, es virtuosa y milagrosa. Se las lleva al frente de batalla, custodian los templos y las ciudades, se sientan cercanas a los enfermos en los altares caseros. La imagen ha establecido relaciones complejas con las personas a lo largo de la historia. Fue ligada al terreno del arte  y valorada desde parámetros estéticos, distinguiendo entre obras de arte y objetos o imágenes populares o primitivas  y ligadas a prácticas supersticiosas, salvajes o inferiores. La incorporación de conceptos y  conductas como la magia, el animismo y las formas del pensamiento primitivo, aportaron parámetros para la clasificación de objetos, imágenes y prácticas religiosas o mágicas en oposición a estéticas y artísticas occidentales. La idea de que las culturas avanzadas no responden en forma emotiva sino objetiva a ellas, sustentaba esta doble valoración.

Como ha señalado Didi-Huberman, generalmente nos encontramos ante inmensos archivos de imágenes heterogéneas difíciles de definir, dominar, clasificar o comprender. Precisamente porque componen un laberinto hecho de huecos, intervalos, ausencias. Superviviencias y coexistencias anacrónicas y diversas, provenientes de espacios y tiempos desunidos por lagunas. Las imágenes se escurren  a la hora de ser comprendidas, sus lagunas, sus montajes, los espacios y ausencias nos interrogan y las interrogan. Es así que hay una condición propia de la imagen, desde una perspectiva histórica, que nos enfrenta a grandes archivos y nos obliga a comprender su carácter no acabado, abierto y bajo la modalidad del montaje.  Pero la imagen también tiene otra condición, aquella que incluye la experiencia corporal, perceptiva, emocional y afectiva que provoca. La exclusión de objetos e imágenes menos privilegiados en su consideración y valoración estética, no solamente desde la mirada de la antropología sino también de la Historia del arte, ocultó la evidencia de que en todas las épocas y culturas los seres humanos han respondido a las imágenes, han producido, interactuado, soñado, luchado y ardido por ellas y con ellas. Las imágenes, como señala David Freedberg, tienen poder. Y ese poder se activa con la mirada y en relación a ella, y eso implica nuestro cuerpo y nuestra percepción. La propuesta de una antropología de la imagen ha surgido desde el campo de la Historia del Arte y permite recuperar no solo la presencia de las imágenes y su poder de provocar conductas, acciones y emociones sino también la propuesta de definir y comprender una dimensión de sentido que no puede reducirse a las lógicas de los códigos o de los signos y recupera una fenomenología de la mirada antes que una semiótica de lo visual.

El trabajo de Aby Warburg fue pionero en la búsqueda de una primera respuesta sobre la posibilidad de acceder al conocimiento por medio de la imagen sin desligarlo de la acción y del lenguaje. Como señala Didi-Huberman (2007), la “iconología de los intervalos” ofrecida por Warburg proponía reconstruir el lazo entre palabra e imagen. Es decir, no partir  desde la oposición entre la imagen y la palabra sino desde la exploración de su interrelación como dos dimensiones de sentido diferentes, nunca reducibles una a la otra.  Es por eso que esos planteamientos teóricos se convirtieron en las bases teóricas para el desarrollo de la Bildwissenschaft, ciencia de la imagen, bajo la que se nuclearon historiadores del arte como Gottfried Boehm, Horst Bredekamp y Hans Belting, a partir de los años noventa. La ciencia de la imagen  parte del concepto de imagen (Bild), porque justamente Bild en alemán tiene un significado múltiple. Se refiere tanto a cuadro como pintura, dibujo, fotografía, ilustración, idea, metáfora. Es decir, combina tanto su sentido material como inmaterial y abstracto así como la imagen como imagen mental.

La comprensión de la imagen desde la perspectiva de la antropología busca ampliar la definición de lo visual hacia su condición existencial. Los enfoques semióticos han propuesto un marco teórico de comprensión de las imágenes desde el concepto de signo,  que se dirige a una percepción definida en términos cognitivos. La definición de lo visual como un lenguaje ha sido un lugar recurrente en la teoría social. La extensión del concepto de signo para definirla, ha supuesto también, por consecuencia, toda una definición de la percepción, donde se asume que el acto de percibir es un acto de leer. La mirada lee el mundo y percibir se convierte así en  un acto de interpretación constante. Las imágenes no se desligan de la  palabra para poder existir y significar y apelan a una percepción cognitiva. Pero en la percepción y en la imagen  hay un espacio irreductible a lo verbal, que se sustrae y, por tanto, el modelo del  código deviene un velo sobre la imagen.  Comprender la  imagen desde una perspectiva antropológica implica devolver a ésta su condición existencial, su dimensión humana y corporal. No sólo los medios y los cuerpos se han abordado por separado sino que se ha eludido la mirada como elemento necesario.

Belting (2007) propone en este sentido abordar las imágenes desde la relación que se establece necesariamente entre la imagen, el medio y el cuerpo a partir de recupera la mirada como el lugar donde se dan las imágenes. Estos tres aspectos de la imagen, sus tres coordenadas, nos permiten evitar entenderlas en forma abstracta o reducirlas a la técnica. Y nos permite reconocer dos tipos de imágenes, las interiores y las exteriores. La percepción implica en ese sentido la traducción a lo corporal y la conversión de nuestro cuerpo en el lugar de las imágenes, donde estas existen y también donde estas se generan. Es por eso que esta línea de investigación se propone partir desde la perspectiva de la antropología de la imagen recuperando al cuerpo como lugar de las imágenes y explorando la mirada y su relación con lo visible y lo invisible.

Las imágenes se dan en la mirada y a veces, se sustraen, se niegan, se censuran. Y este punto de partida nos permite ampliar  la propia definición de imagen hacia terrenos, objetos y espacios más allá de la dimensión estética, recuperando su dimensión antropológica.